En el año 2022 viví uno de los momentos más emocionantes de mi carrera profesional. Fui contratada para trabajar en el proceso de evaluación de la Ley Orgánica Integral para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en Ecuador.
Me sentía profundamente feliz. Durante años me había preparado con disciplina en legislación, derechos humanos, con énfasis en derechos de las mujeres. En ese recorrido uno de los momentos más significativos fue cuando integré el equipo de élite intelectual del principal órgano asesor de la Asamblea Nacional del Ecuador, una instancia estratégica que trabajaba directamente para la Presidencia del Parlamento y cuya labor orientaba las decisiones institucionales de toda la función legislativa del Ecuador. Desde ese espacio tuve la responsabilidad de elaborar informes especializados sobre los avances en materia de derechos de las mujeres para la Presidencia de la institución.
Sentí que cada libro leído, cada esfuerzo académico y cada convicción cultivada encontraban, un propósito estratégico para superar la violencia contra las mujeres en Ecuador. Sin embargo, mi compromiso con esta causa nació mucho antes de convertirme en abogada.
Desde niña viví situaciones que marcaron mi forma de mirar el mundo. Sentí el rechazo de mi padre, quien siempre quiso tener un hijo varón para perpetuar el apellido. Vi cómo el alcohol y la violencia destruyeron la paz de mi hogar. Vi a mi madre soportar el maltrato. Vi a mi abuelo repetir la misma historia. Vi a mi abuela criar una familia numerosa y cargar casi sola con el trabajo del cuidado. Ella murió sin recibir atención médica a tiempo en un hospital público porque nunca tuvo acceso a un sistema de salud que la protegiera.
Esas experiencias sembraron en mí una pregunta que todavía me acompaña: ¿por qué la vida de tantas mujeres ha valido tan poco?
Gracias al estudio, al esfuerzo y a las becas que obtuve, pude formarme en Ciencias Sociales y comprender que aquellas historias familiares no eran casos aislados, sino parte de problemas estructurales mucho más profundos.
Desde muy pequeña soñaba con trabajar por la justicia. Aún recuerdo a mis profesoras felicitándome por las reflexiones que escribía sobre los problemas sociales. Treinta años después, allí estaba, trabajando precisamente en un informe destinado a fortalecer la protección de los derechos de las mujeres.
Trabajé con dedicación, sorteando obstáculos cotidianos: demoras administrativas, dificultades para acceder a información e incluso actitudes poco colaborativas dentro del propio equipo. Mi objetivo era sencillo, pero enorme: construir un informe honesto, útil y técnicamente sólido que sirviera para mejorar la respuesta del Estado frente a la violencia que viven miles de mujeres.
Sin embargo, una de las experiencias más dolorosas no provino de quienes históricamente se han opuesto a estos derechos.
Llegó una colega, una reconocida abogada feminista, para apoyar el proceso. Era ampliamente conocida por su trabajo jurídico y por su defensa pública de las mujeres víctimas de violencia. Recuerdo que, sintiéndome en confianza, incluso le conté una experiencia de acoso laboral que había vivido.
Con el paso de los días observé cómo comenzaron fuertes enfrentamientos entre distintos liderazgos del movimiento de mujeres. Las diferencias dejaron de ser únicamente de ideas y se transformaron en disputas por espacios de incidencia, reconocimiento e influencia. Presencié discusiones tensas y momentos profundamente incómodos entre mujeres que compartían una misma causa.
Mi lugar terminó siendo el de mediadora.
Curiosamente, esa posición me recordó muchas veces a mi infancia, cuando intentaba mantener la paz entre mis propios padres.
Mientras unas personas buscaban posicionar determinadas agendas, otras defendían los espacios que habían construido durante décadas. En medio de esas tensiones, yo solo quería que el informe respondiera a una pregunta esencial: ¿cómo lograr que las instituciones funcionen mejor para proteger a las mujeres?
Fue entonces cuando ocurrió algo que jamás olvidaré.
El 14 de noviembre de 2022 vi un live de Isabel Allende. La escuché hablar sobre la sororidad y el apoyo entre mujeres.
Sus palabras me atravesaron profundamente.
Después de todo lo que había presenciado durante aquellos meses, sentí la necesidad de escribirle y le conté mi congoja:
Me preguntaba cómo era posible que, incluso dentro de espacios creados para defender los derechos de las mujeres, pudiéramos reproducir dinámicas de competencia, descalificación y luchas de poder.
¿Cómo era posible que, después de cuestionar durante tantos años ciertas formas de ejercer el poder, termináramos repitiendo algunas de ellas?
¿Por qué nos cuesta tanto reconocer el trabajo de otra mujer?
¿Por qué, en ocasiones, parece más importante ocupar un espacio que construir juntas un cambio verdadero?
Durante ese proceso defendí la importancia del diálogo, del respeto y de la construcción de alianzas. Creía y sigo creyendo que las transformaciones profundas requieren puentes, no únicamente confrontaciones.
No siempre fui comprendida.
Con el tiempo fui perdiendo responsabilidades dentro del despacho hasta quedar completamente al margen. Finalmente, mi participación terminó.
Salí de aquella experiencia con el corazón profundamente golpeado.
Necesitaba silencio.
Necesitaba comprender los juegos del poder.
Necesitaba aceptar que el patriarcado no solo existe como una estructura externa, sino que también puede instalarse en nuestras formas de relacionarnos, incluso cuando creemos estar luchando contra él.
Comprendí que las mujeres también podemos competir de manera destructiva, humillar, excluir o ejercer violencia simbólica. Que defender un discurso no garantiza vivirlo con coherencia. Y que la sororidad es mucho más difícil de practicar que de pronunciar.
Para sanar emprendí un camino distinto.
Subí montañas.
Escalé el Rucu Pichincha, El Altar y otras cumbres de los Andes.
Necesitaba volver a escucharme.
Meses después, revisando el correo de mi iPhone, encontré una respuesta que jamás imaginé recibir.
Isabel Allende me había escrito:
Hoy, al recordar ese momento, más que la emoción de haber recibido un mensaje de una escritora que admiro profundamente, lo que permanece vivo son las preguntas que aquella experiencia dejó en mí.
Y quiero compartirlas contigo.
¿Crees que puede existir una solidaridad auténtica entre mujeres?
¿Podemos superar las rivalidades que surgen por el reconocimiento o por los espacios de poder?
¿Somos capaces de reconocer el patriarcado que también puede habitar en nuestras propias prácticas y relaciones?
¿Cómo seguir defendiendo los derechos de las mujeres sin perder la coherencia cuando aparecen las disputas de poder?
¿Cómo construir verdaderos espacios de sororidad y colaboración?
¿Cómo evitar reproducir las mismas dinámicas que durante tanto tiempo hemos cuestionado?
No tengo todas las respuestas.
Pero sigo convencida de que vale la pena seguir haciéndonos estas preguntas.
Porque quizá las transformaciones más profundas no empiezan simplemente con las leyes, sino cuando aprendemos a ejercer el poder de una manera distinta.
Remembrando este episodio, 11 de julio de 2026.
Felicitaciones por la experiencia de compartir y el aprendizaje obtenido.
ResponderEliminarGracias peregrino por leer y compartir experiencias, me gustan mucho tus publicaciones.
EliminarQue cuestionador fue leer tu experiencia..me alegro profundamente!! La sororidad es un la palabra difícil de practicar cuando no hay demasido corazón e inteligencia... Me gusto!!
ResponderEliminarGracias por tu comentario, es cierto la sororidad es un cambio cultural poderoso que nos cuesta... pienso que todes estamos atravezados por la cultura patriarcal... deconstruirnos, volvernos a reconstruir es una decisión diaria... y lo más importante es tomar conciencia de ello... como me dijo una gran amiga, el cambio existe pero es lento y no es lineal. Abracito.
EliminarMaribel, gracias por compartir esta parte esencial de tu vida, de tu historia personal y de esas experiencias que nos atraviesan, nos interpelan y nos dejan llenas de preguntas pero también de desafíos. Te acompaño en este peregrinaje vital porque al igual que tú creo que un mundo mejor, más justo y más humano no solo es posible, sino imprescindible.
ResponderEliminarGracias Vero, conozco tu camino por los derechos humanos y tus luchas por los derechos de las mujeres. Para mí ha sido maravilloso conocerte y compartir contigo y camino de fe y acción. Cuenta conmigo también.
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